El origen del capitalismo

1 marzo 2007

EL ORIGEN DEL CAPITALISMO


Capitalismo y modernidad: El gran debate
Jack Goody
Trad. de Cecilia Belza,
Crítica, Barcelona, 2005, 243 págs.


     André Gunder Frank, el teórico del Desarrollo del Subdesarrollo, falleció el 23 de abril de 2005. Queda pendiente la publicación en nuestro idioma de su obra ReOrient: Global Economy in the Asian Age (1998), de la cual, en cierto sentido, el libro de Goody es un homenaje.

     Jack Goody, nacido en 1919, es un antropólogo de Cambridge, discípulo de Evans-Pritchard y Meyer Fortes (al que sucedió en la cátedra). Realizó diversos trabajos de campo en África occidental, en el norte de Ghana, con los Dagari y los Gonja. Fue célebre el debate que mantuvo con Lévi-Strauss, en su libro La domesticación del pensamiento salvaje (1977). Además ha realizado estudios sobre el parentesco, la cultura oral y escrita, el Islam, Asia y Europa. No nombro este recorrido intelectual del autor simplemente a modo de presentación, sino porque aplica todo este bagaje cultural al tema de la presente obra.

     Este ensayo se contrapone a los excesos de una concepción de la historia divida en bloques estancos: antigüedad, feudalismo y capitalismo, y a una definición monádica de las culturas, entendidas como islas, sin apenas relación con el exterior. Frente a ello, aboga por concebir el desarrollo del capitalismo como un proceso a largo plazo, basado en el intercambio de mercancías, tecnologías e ideas, un difusionismo que ha caracterizado a la constelación de “culturas mercantiles” a lo largo de la historia, pero que no siempre ha sido estudiado con suficiente amplitud.

     Hemos de ser conscientes que en la actualidad, bajo el rótulo de los estudios de “Historia Económica Mundial” lo que solemos encontrar es algo mucho más reducido, en el tiempo y en el espacio, puesto que suele corresponder a una historia circunscrita a Europa pero que incluye a EE.UU. como su prolongación natural; y además, acostumbra a abarcar únicamente los últimos tres o cuatro siglos; es decir desde los preliminares de la Revolución Industrial en Gran Bretaña. Ello hace que sean unos límites demasiado estrechos para la inteligibilidad del período.

     Así como la historia introdujo en las ciencias sociales la variable tiempo, la antropología aportó la variable espacio con su método comparativo. Por ello espacio y tiempo quedan imbricados en el discurso de Goody que transita desde la antropo-sociología hasta la historia económica, y una muestra de ello es la lista de autores a los que examina: A. Smith, T. Malthus, K. Marx, M. Weber, E. Durkheim, A. Giddens, D. Landes, I. Wallerstein, A. G. Frank… entre otros.

     En una primera parte del libro, se dedica a atacar las bases del etnocentrismo que se halla incrustado en parte de los discursos de las ciencias sociales y humanas, en especial el eurocentrismo en los estudios sobre la historia del origen del capitalismo. Un ejemplo de un historiador eurocéntrico (que llega a reducirse a anglófilo), lo tendríamos en la figura de David Landes, que en su obra La riqueza y pobreza de las naciones: por qué algunas son tan ricas y otras tan pobres (1998), para defender la ventaja británica llega a atribuirle un superior ingenio, imaginación, iniciativa e incluso mejor clima; además de la preferencia por la juventud, novedad y riesgo; que hacen de Gran Bretaña su ideal de sociedad.

     El eurocentrismo, se hace presente cuando se tratan temas clave como si fueran dicotomías enfrentadas y excluyentes: libertad-opresión, propiedad privada-comunal, democracia-tiranía, modernidad-tradición, Occidente-Oriente, racionalidad-irracionalidad. Y recientemente se ha reincorporado la oposición amigo-enemigo.

     Tomando como ejemplo la libertad, Goody afirma que “no es el capitalismo el que instituye la libertad, sino la ausencia de opresión, ya sea política o económica. Esta situación puede darse igualmente bajo otro tipo de regímenes”. Y para ilustrar la no necesaria correspondencia entre capitalismo y libertad (que pretenden algunos autores), recurre a una anécdota que le sucedió cuando mostraba una fábrica inglesa a un jefe africano, en ella se veía a una cadena de mujeres montando equipos de radio y como fichaban al entrar y al salir; entonces el jefe africano preguntó: “¿Son esclavas?“.

     Con ello, termina dándonos una visión más real del capitalismo, ni tan moderno, ni tan libre, ni mucho menos tan racional. Bastante diferente a como estamos acostumbrados a escucharlo de la mano de los apologetas neoliberales.

     En la segunda parte, el autor bucea en la amplia bibliografía sobre la industrialización europea para dar razones sobre una ampliación de la mente científica para vincular la tradición islámica y asiática al surgimiento de modernidad. Nos recuerda el continuo contacto de Europa con el Islam y la contribución de los inventos asiáticos (brújula, pólvora e imprenta) al sustrato tecnológico necesario para el desarrollo del capitalismo europeo, así como el asombro de Marco Polo ante las ciudades chinas.

     En ello, el libro es de una tremenda actualidad, puesto que China está haciéndose un lugar entre las potencias económicas de influencia mundial, primero a través de su integración en el comercio mundial y ahora a través de sus inversiones en el exterior, y ello necesariamente tiene su trasposición al mundo de las ideas. Es decir, implica un nuevo combate por la historia. Si es verdad que la historia la escriben los vencedores, ahora hay indicios de un posible relevo o por lo menos de una nueva coexistencia.

     El autor debería haber analizado con mayor profundidad las diferentes funciones que puede adquirir el mercado. Puesto que, si bien podemos decir que todas las sociedades han desarrollado, en algún grado, esta institución, cuya función principal es la distribución de mercancías (A. Smith), lo que caracteriza a la sociedad capitalista es la hipertrofia de este mecanismo que ha incorporado, a gran escala, funciones de apropiación del excedente (K. Marx).

     Los prejuicios ante el discurso antropológico se hallan en el miedo al relativismo, cosa que aquí no es el caso. Goody se encarga de depurar con datos los eurocentrismos que se hayan transformado en ciencia, y ello sólo puede contribuir a un fortalecimiento del discurso científico universalista y el consiguiente debilitamiento de los discursos del particularismo científico etnocéntrico.

     Quizás la modesta aportación de Jack Goody sea “una perspectiva distinta a la de aquellos cuya vida intelectual y personal se ha desarrollado ligada a Occidente y a sus libros”.

Joan Lara Amat y León
jlaraal@terra.es
[Publicado en El Viejo Topo, nº209-210 abril 2005, pp.124-125]

 

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One Response to “El origen del capitalismo”


  1. ¡Buenas Joan! Te enlazo.
    Iñigo.

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